16 de septiembre de 2008

¿QUÉ HAGO AQUÍ?

A veces te sientes perdido, no le encuentras sentido a nada de lo que te ha sucedido y lo que te ha llevado hasta ahí, ese momento en el que reflexionas sobre por qué sientes que nada tiene importancia y que tu vida carece de un fin. Fregamos los platos para que estén limpios, tendemos la ropa para que se seque, abrimos la puerta cuando suena el timbre… Pero por qué estaba yo aquí, por qué era, por qué existía. Se suele decir que todo efecto es la respuesta a una causa, pero, ¿cuál era la causa? Estaba claro que la causa obvia era el coito, la fecundación, la gestación y el posterior parto de mi madre. Pero detengámonos en la aportación del hombre. En una eyaculación “normal” (basándonos en parámetros como la salud, la abstinencia, la excitación, etc.) salen a la lucha por la vivencia entre unos 200 y 400 millones de espermatozoides… de los cuales sólo uno logró atravesar la membrana plasmática… ¿Por qué ese espermatozoide? ¿Cómo sería yo ahora si el espermatozoide ganador hubiera sido uno de los otros millones? No sería yo. Sería otra persona. No lo sé. Tal vez tendría una misión distinta. Ahora lo que me incumbía era descubrir cuál era el sentido del tiempo que había vivido y del tiempo que me quedaba por vivir… Cuál era mi causa. Porque sin una misión, no parece tener ningún valor seguir siendo, seguir estando, seguir permaneciendo.