16 de enero de 2012

Te he matado 10 veces


Estaba en el bar. Había mucha gente. Pero la  vi. Ahí, haciendo gala de su maravillosa fealdad, de su putrefacta alma luciendo a través de los agujeros de su nariz, su boca, sus orejas, su culo. Entonces empecé a imaginar, a lo Ally McBeal, formas de acabar con su agonizante y dañiña existencia. Ally imaginando el camión de la basura. Brrr pi pi pi. Yo imaginando 10 formas de acabar con ella. Una, romper la botella de cerveza contra una mesa y cortarla con el cristal; dos, darle directamente con la botella entera en la cabeza; tres, sacarme el cinturón y estrangularla; cuatro, subirme a una cortina para balancearme hasta ella al puro estilo Jane en la selva; cinco, envenenar su copa; seis, pagar a otro para que hiciera el trabajo sucio. No, eso le quitaría placer a la idea. Siete, hacerme grande como Alicia, comiendo o bebiendo no sé qué cosa, y pisarla. Ocho, viajar en el tiempo en un agujero de gusano y arrancar el problema antes, incluso, de que sea raíz. Nueve, inspeccionar su casa, descubrir que merece no vivir, y así matarla cumpliendo el código de Harry. Diez, hacerme pasar por mesías, y asegurar a la humanidad que se trata de la mismísima personificación del demonio, lo cual haría irremediable su ejecución.

Te he matado 10 veces. Bendita imaginación.